Jueves Santo: Lavado de Pies y Traslado del Santisimo Sacramento

La Liturgia de la Palabra de este Jueves Santo nos propone como memorial la forma en que el Pueblo de Israel es invitado a vivir la Pascua del Señor: “ceñidos con un cinturón, calzados con sandalias y con el bastón en la mano” (Ex12). De este modo, la Revelación pone el acento en la actitud con que se ha de vivir un acontecimiento liberador hasta ahora inaudito, cuya pretensión es perpetuarse en el tiempo: “lo celebrarán a lo largo de las generaciones como una institución perpetua”, concluye el mandato del Señor. Podemos decir, entonces, que este paso de Dios por la historia de Israel está muy lejos de ser un hecho puntual. Más aún, la acción liberadora, en su dimensión material, como emancipación de las estructuras opresoras, y espiritual, como promesa de vida ante la muerte, es es lo que define a Dios. La expresión tan firme, clara y fuerte: “Yo soy el Señor”, la misma que reitera enfático Jesús en la última cena con sus apóstoles: “Soy el Señor y Maestro” (Jn 13), confirma al pueblo una sola cosa: que Dios no es todopoderoso porque les haya creado de la nada, sino porque les salva. La salvación es un gesto de compromiso infinitamente mayor que la creación, porque en ella se confirma la alianza de Dios con la humanidad entera. Aquél que les ha creado de la nada y les ha llamado a ser el pueblo de su exclusiva propiedad, se muestra ahora absolutamente entregado y personalmente involucrado con su liberación, y por lo mismo enteramente Dios. Este mismo gesto es el que ratifica Jesús en su paso hacia el Padre, y de una vez para siempre, porque es él mismo el que se hace ofrenda agradable a Dios.  Nadie le quita la vida, sino que él mismo, como el hombre más libre de todos los hombres, la entrega por todos nosotros. Y en esta oblación no sólo se ratifica la alianza eterna, sino que se revela una vez más la intención de Dios detrás de esta alianza: para que Ustedes tengan vida y vivan en abundancia

Es imposible no concluir, entonces, que Dios es el mayor de los aliados del hombre y que la vida humana, en cada una de sus expresiones y formas personales, tiene un valor inestimable a sus ojos. Por lo mismo, el creyente sabe que nadie tiene el derecho de decidir qué vida vale más, y no lo tiene porque ese valor no nace de las posesiones, ni de los éxitos alcanzados, ni siquiera de los lazos que hayamos tejido, sino del hecho de que esa vida es única e irrepetible en la existencia. Y esto que afirma el creyente en Dios, es certeza también para quien no cree, pero razona y busca el bien, la verdad y la justicia.

Como humanidad y nación reconocemos que hemos dado pasos en la estima, cuidado y respeto de las personas, en especial de los más desvalidos. Por tal razón impacta con tanta potencia en la conciencia social todo tipo de abuso, y es bueno que así sea. El respeto a la vida de cada persona es un paso que damos como país hacia un desarrollo verdaderamente moderno, y como comunidad de creyentes un salto hacia la coherencia con una profesión de fe que reconoce en Jesús al mismo Dios que nos ha creado, y en su persona lava los pies a los apóstoles, se sienta a la mesa con pecadores y absuelve a prostitutas y leprosos, se maravilla ante la conversión del rico Zaqueo y aplaude la fe del poderoso soldado romano cuando le pide sanar a su hija. Sin embargo, también hemos de reconocer que en la mayoría de los casos este respeto no pasa más allá de situaciones que nos mueven a compasión, a repudio o a cruzadas de asistencialismo social. Lo contradictorio sigue siendo que en una nación mayoritariamente creyente en Dios se den al mismo tiempo las más graves desigualdades. Y en esto se nota demasiado la incoherencia que existe en nuestros reclamos de justicia, equidad y respeto; incoherencia que termina escandalizando a quienes no creen o esperan razones para creer. A veces pienso que a nuestra sociedad los únicos delitos que realmente le importan son aquellos más sórdidos, en especial los que se relacionan con el sexo. Cómo desearíamos que la misma fuerza con que se reacciona ante este tipo de abusos y otros semejantes que nos muestra la prensa estuviese presente para repudiar los actos de quienes legislan para que unos pocos se lleven las riquezas de nuestro suelo, sin importarles el hambre en que viven y dejan a muchos hermanos, o el futuro que estamos legando a las nuevas generaciones; con la misma fuerza debiésemos reaccionar contra autoridades locales y nacionales cuando con sus gestos y acciones se burlan de la gente modesta, pobre y sencilla que les eligen confiando en sus promesas de amistad y trabajo por una vida más digna. Esto es coherencia con valores y principios, pero también fidelidad a un Dios que no tuvo miedo de mirar a la cara a los poderes religiosos y políticos para enrostrales la corrupción en la que se encontraban. Con esa misma fuerza, esta comunidad creyente congregada como Iglesia y esposa de Cristo debe defender al pobre, a ese pobre que por más que se esfuerce no consigue espacios en la educación, en la salud, en las culturas locales, ni en el diálogo ni en las ideas, y a veces ni siquiera entre los propios cristianos. ¡Y qué poco se escuchan esas voces proféticas! Los pastores de la Iglesia no deben seguir teniendo miedo, ningún sacerdote debe seguir teniendo miedo. Y sacerdotes somos todos. Porque mientras corremos asustados, para defendernos o escondernos, las ovejas siguen extraviándose. Nos hemos preocupado de su salud espiritual, del escándalo que les hemos provocado a su fe. Y está bien. Pero una fe es coherente y creíble no sólo cuando se viste de hermosas ropas clericales para ocuparse del alma de las ovejas, sino cuando también se preocupa del cuerpo de esas ovejas. No podemos pretender que la gente crea más en Dios cuando no nos importa lo que esa gente come, lo que visten, en lo que trabajan y en las condiciones en que trabajan, los sueldos que ganan, las vivienda que habitan. La dignidad de las personas no se juega sólo en el sexo. Hay abusos que son tan grandes y graves como estos, que ocurren delante de nuestros ojos, pero seguimos callando, porque se nos ha hecho creer y pensar que la fe es algo privado, ligado al espíritu. La Iglesia, con sus pastores y laicos, debe salir de sus miedos, debe alzar la voz en defensa de los hijos de Dios, sin miedo.

Jesús no tiene miedo ni vergüenza de servir, tampoco tiene miedo ni vergüenza de que entre sus apóstoles haya un traidor, un apóstata consumado y muchos cobardes, ni tampoco de que entre sus discípulos haya gente de mala fama, explotadores conversos o prostitutas. Jesús sabe bien que la fuerza de esta comunidad de discípulos no nace de la potencia humana, sino del poder del Espíritu Santo. No tiene miedo de reconocer que no ha venido para los santos, y que seguramente entre sus filas hay muchos pecadores. Tampoco siente miedo de enfrentar al demonio, que le promete una vida fácil, de fama y poder. No tiene miedo de quedarse solo enfrentando las insidias y maldad que traman en su contra, aunque ello le cueste la vida. Y no tiene miedo porque sus razones y convicciones están ancladas en Dios, porque también él es un peregrino de la fe, igual que el pueblo en Egipto.

Un peregrino es siempre libre, libre del influjo de personas y amistades, libre de la fascinación que provocan las riquezas y el poder, libre ante costumbres y creencias. Jesús nos muestra en su propia persona que la única forma de vivir la fe es en la libertad del peregrino. Así mismo, el único modo de vivir el sacerdocio es en la libertad del peregrino, que se fía sólo de Dios para avanzar y aguardar lo que deba suceder. Este quizás ha sido nuestro peor pecado: haber perdido la libertad, habernos instalado, haber confiado más en el prestigio de unos hombres que en Dios, haber prestado más atención a las estructuras que al Espíritu, al cuidado del prestigio alcanzado más que a la forma en que vivimos la fe, más atención al cuidado de las apariencias que al corazón del sacerdocio. La Iglesia es libre cuando camina sin temor a perder la vida. Y más que nunca necesita, nuestra Iglesia chilena, ser liberada por Dios de sus ataduras. Igual que Pedro, dejémonos lavar los pies para convertirnos en la comunidad de servidores que lava los pies a nuestros hermanos. Únicamente una Iglesia liberada y libre es capaz de anunciar con plena convicción un evangelio que es en sí mismo mensaje liberador. Cristo funda esta comunidad de servicio en un nuevo bautismo, el de los pies, que da sentido y peso al bautismo sacramental. Con este gesto Jesús nos recuerda que no hemos sido llamados a formar parte de un pueblo donde unos son señores y otros sirvientes, sino de hermanos donde todos somos servidores. El sacerdocio ministerial no es en ningún sentido una dignidad mayor que la del laico. Y si en la Iglesia existe una Jerarquía, ésta es también de servicio. Lo único importante es que todos hemos sido llamados a la misma dignidad de hijos de Dios, a la misma santidad, al mismo bautismo, a la misma y única fe en Cristo. Los sacerdotes no hemos sido llamados a un puesto más elevado, sino a dar testimonio de un Señor que ha venido a dar la vida por sus amigos. Y esta es la primera de las libertades que reconquistar. Las comunidades cristianas del origen tienen muy claro que para Dios no hay judío, ni, griego, ni gentil, ni esclavo, ni libre, que a nadie debemos llamar padre, que todos somos hermanos, y que el mayor de entre los hermanos no es el que se reviste de púrpuras, ni quien ha recibido el título de cardenal, de obispo, de sacerdote o de pontífice, sino quien ama más, quien sirve más, quien se entrega más. La primera liberación de la Iglesia se juega en la renuncia a las dignidades humanas, al clericalismo y sectarismo, que termina haciendo de la fe un instrumento de poder, de abusos y manejo de conciencias. Dejarse  liberar por Dios para vivir una fe siempre peregrina implica el esfuerzo por valorar el sacerdocio que nos viene del bautismo: todos somos sacerdotes, y junto con ello valorar a los ministros de Dios en su justa calidad de hombres consagrados, y no como seres especiales, más santos, más celestiales, como si fuesen de otro mundo, sino totalmente al revés, como signos visibles de una humanidad que escucha a Dios, que se consagra a Dios, para santificar el mundo, éste mundo en toda su bondad, miseria y contradicciones. A mayor santidad, más humanidad. No queremos en la Iglesia sacerdotes que hablen de Dios sin hablar de los hombres, no queremos en la Iglesia sacerdotes que hablen del cielo sin hablar jamás de la tierra. Queremos sacerdotes que vivan en el mundo, pero con el criterio de Dios; que hablen de Dios a los hombres pero en el lenguaje de los hombres, que vivan en este mundo con la libertad de quien no sigue los criterios de este mundo. Y para esto se requiere, también, libertad respecto de las falsas tradiciones y del conservadurismo. El amor es original; el miedo, en cambio, nos lleva a aferrarnos a lo de siempre, a las verdades aprendidas por siglos, al dogmatismo y esterilidad del intelecto y del espíritu. Jesús no tuvo miedo de pensar su fe judía, de cuestionar las prácticas religiosas de su propia fe; tampoco los primeros cristianos tuvieron miedo al pensamiento y filosofía de la época, supieron descubrir la belleza del mensaje de Jesús y contar a Dios, narrar a Dios, en conceptos propios, en un lenguaje comprensible para esos mundos. Nosotros tenemos miedo de hablar, de discutir, de pensar a Dios, de razonar y cuestionar nuestra fe y nuestras formas de vivir y celebrar a Dios. La tradición verdadera jamás tiene miedo, porque la tradición, es decir, lo que hemos recibido y a su vez entregamos, es Dios en su Palabra. Queriendo cuidar la sana tradición hemos terminado confundiendo la fe con las formas en que ella se expresa. ¿Por qué tenemos miedo a repensar en serio y creativamente, por ejemplo, el celibato, el sacerdocio femenino, la liturgia, la moral sexual, y tantas otras cosas? Porque corremos el riesgo de perder la seguridad, el poder, asociado a esas formas, válidas y valiosas en su tiempo, pero que hoy poco y nada dicen a la gente. La Iglesia necesita de hombres y mujeres, de cristianos, valientes y libres como Jesús, que se atrevió a cuestionar las leyes judías, para mostrar el rostro del Dios verdadero; como Pedro y Pablo, que fueron capaces de replantearse y discutir fuertemente ante temas tan sensibles para su fe como la circuncisión judía, que no tuvieron temor de hablar ante los ciudadanos griegos y romanos de algo tan increíble como la resurrección de los muertos; como Juan XXIII, el Papa que tuvo la libertar para cometer una locura tan grande como convocar un Concilio que abriera la Iglesia al mundo, cuando esa Iglesia lo único que más quería era defenderse de ese mundo; como Alberto Hurtado, que con sus ideas y costumbres estremeció la sociedad católica de mediados del siglo XX; como un Antonio María Zaccaría, nuestro Fundador, que con sus intuiciones y prácticas, escandalizó y molestó a los burgueses del siglo XVI, y por ello estuvo a punto de morir acusado por la Inquisición. De esos cristianos necesitamos hoy. Y no me cabe duda de que el Espíritu golpea corazones, inteligencias y voluntades despertando a esta Iglesia que se renueva en la Eucaristía y el Sacerdocio.

Esta Iglesia queremos, esta Iglesia necesitamos. Iglesia liberada para vivir en la libertad de los hijos de Dios; libre para dialogar con todos; libre para escuchar a todos y amar a todos; libre para contar a Dios en el lenguaje de los hombres de hoy; libre para cuestionarse sus propias tradiciones; libre para servir convencida de que quien tiene la razón no es quien golpea más, quien grita más, quien condena más, sino quien ama más; libre para defender al pobre, por cuya vida Dios mismo ha querido hacerse pan partido y compartido, sangre derramada y entregada. Esa Iglesia somos nosotros, esa Iglesia somos todos, y es la Iglesia que renace hoy de este nuevo bautismo, el bautismo de los pies.