Jesús habla con autoridad, tanta y a tal punto que provoca la impresión de sus coterráneos y el temor de los demonios. La sorpresa de la gente tiene que ver con algo muy simple: Jesús no es un repetidor de doctrinas añejas, tampoco un gurú que trae la última receta para alcanzar felicidad y paz interior. Habla con autoridad. Por su parte, el temor de los demonios viene del reconocimiento que hacen de su persona: es el Profeta anunciado, cuyas palabras no caen en el vacío, sino que impactan la realidad provocando con ello la liberación de las personas. Y esos asusta. Sus palabras ponen fin al poder esclavizante.
Jesús no repite doctrinas ajenas, como hace la mayoría de los maestros. Habla de lo que ha visto y oído, de lo que ha vivido. Habla consciente de ser el Hijo y el Camino que conduce al Padre. Habla sabiéndose el enviado para salvar a los hombres, el Mesías. De aquí nace la autoridad de Jesús. Nace de la libertad que siente para actuar y hablar, nace de su fidelidad a Dios y de su amor a los hermanos. Nace de la creatividad para repensar todas las tradiciones, mandamientos e instituciones y darles su verdadero sentido: que el hombre viva la libertad de los hijos de Dios. De allí nace su autoridad. Jesús no sirve a ningún poder establecido, no busca el aplauso, ni el voto, ni la amistad de nadie. Habla con la autoridad del hombre libre.
Ninguno de nosotros puede pretender ser Dios, pero sí podemos aproximarnos a la experiencia de Jesús, a hablar con autoridad. Y esto se va alcanzando en la medida en que renunciamos a lo mismo que renunció Jesús: poder, fama, votos, amistades, favores. Solamente un hombre y una mujer libre puede hablar con autoridad. Los demás se reservan el derecho de decir y hacer únicamente lo que los poderes a quienes sirven se lo permitan. Esto es lo que ha ocurrido, por ejemplo, con nuestros parlamentarios esta semana. Han votado en contra de una medida que perjudicaba a las empresas tabacaleras, arguyendo que fueron víctimas de la comprensión lectora. ¿Quién cree eso? Si las autoridades no hablan ni actúan con autoridad no es por olvido, sino simplemente porque han hipotecado su derecho y deber de hacerlo a cambio de algunos favores, y así en esa suerte de intercambios terminamos vendiendo el alma al diablo.

