INTRODUCCIÓN
En sentido estricto San Antonio María Zaccaria nunca pretendió una reflexión pedagógica. Sin embargo, sus escritos, Cartas, Sermones y Constituciones, ofrecen una sabiduría cuyas intuiciones fundamentales nos permiten reflexionar el perfil del docente en el arte de enseñar. Se trata de una riqueza siempre abierta y posible no sólo para quienes heredamos su espiritualidad, nacida y amasada en el contexto de la Reforma de la Iglesia Católica, sino para cualquiera que asuma la vocación pedagógica como un verdadero servicio y apostolado social. De hecho, todo profesor está llamado a ser un reformador de las costumbres de su tiempo, alejándose así de la figura cómoda y caricaturesca del instructor.
La primera parte de este texto ofrece una selección aleatoria de citas de San Antonio, bajo el sesgo pedagógico. En la segunda parte hacemos hermenéutica de dichas citas reflexionando los alcances pedagógicos en torno a tres ejes articuladores: Reforma o cambio interior que permite al docente hacerse cargo de su tarea; Actitud ante el encargo específico; y la reforma exterior o Perfil del profesor como agente de cambios. (SIGA LEYENDO, click en READ MORE)
SELECCIÓN DE CITAS
- “Si hasta ahora hubo en nosotros irresolución, desterrémosla a una con la negligencia, y echemos a correr como locos no sólo hacia Dios, sino también hacia el prójimo…” (Carta II).
- “No se deje desalentar por las dificultades que podría encontrar en la predicación y en los demás ejercicios apostólicos, porque bien sabe usted que en eso pasa lo mismo que lo que le pasa a uno que frecuenta las clases: cuantos más hace ejercicios, tanto más disminuye su ignorancia” (Carta VI).
- “Es necesario que el hombre que quiere llegar a Dios vaya por gradas…” (Sermón I).
- “No hay mayor soberbia que el juzgar…” (Sermón I).
- “…es cosa buena tenerlo todo por escrito: obediencia y prescripciones de nuestros Guías. Sin embargo, de nada servirían si no están escritas en nuestros corazones” (Carta VII).
- “Deseo y quiero…que lleguen a ser grandes santos, con tal que tomen la firme determinación de progresar…” (Carta XI).
- “Quien se fastidia por lo cansadoras que son las contrariedades o lo larga que es la obra, sepa que ya dejó la victoria al enemigo antes de combatir” (Const. VII).
- “El humilde está acompañado por la compasión y tolerancia de los defectos ajenos: éstas son sumamente necesarias para ayudar a los imperfectos que, no obstante, quieren progresar” (Const. VII).
- “El reformar las costumbres está reservado, pues, tan sólo a quien es de gratuita, pero muy buena y recta intención” (Const. VII).
- “Procura siempre hacer crecer lo que empezaste en ti y en los demás, porque la cumbre de la perfección es infinita. Así, huye del pensar que te baste lo que hayas iniciado. Por tanto, para ti y los demás: es poco cambiar solamente las malas costumbres; y aun: es poco reformar a los buenos, si no te esfuerzas de guiarlos hasta la perfección…” (Const. VII).
- “En primer lugar se te opondrá, como se dijo, la gente tibia con la que tú vives, considerando una vergüenza para ellos que haya alguien mejor” (Const. VII).
ALCANCES PEDAGÓGICOS EN LA ESPIRITUALIDAD ZACCARIANA
Considerando que la labor pedagógica es un apostolado transformador de las personas y de las sociedades, entonces el profesor es también un reformador invitado a prestar especial atención a lo siguiente:
Su propia reforma interior, es decir, al cambio personal que le permitirá hacerse cargo de la tarea específica. Prestamos atención a las citas números 1, 4 y 8. Lo primero y básico será desterrar la irresolución y negligencia, lo que significa estimar nuestra vocación como la mejor de todas. En este Colegio nos exigimos el máximo de compromiso con la educación de nuestros alumnos, y es precisamente esto lo que nos valida como auténticos profesionales en la sociedad. En otras palabras, la irresolución se destierra cuando contemplamos el ser, la identidad y esencia de nuestra vocación. En tal contexto de conexión con el ser docente la humildad que reclama y exige San Antonio es aquella que apunta el juicio sobre la propia persona, en una constante escalada de perfección que implica tanto el ser como el hacer.
El juicio auto-crítico se traduce en mayor tolerancia con las imperfecciones ajenas, ya sean de los directivos y pares, ya sean de los alumnos y apoderados. Sin embargo, tolerancia no significa comunión, connivencia ni aceptación del mal, sino el esfuerzo constante por motivar, ayudar y animar la marcha de quien desea progresar en el bien. Quizás alguien se esté preguntando qué hacer frente al sujeto que se resiste al avance: ¿tolerancia como sinónimo de pasividad, aguante infecundo o lisa y llana despreocupación? Llegará el momento de decir una palabra al respecto.
Actitud ante las tareas (citas 2, 3, 7 y 11). Como todo en vida, mientras más inmensos y desafiantes nos parecen los encargos, el desaliento suele ser mayor. ¿De dónde nace y qué alcances tiene el desaliento? Nace de y en la desconfianza, en la subestimación de las fuerzas y capacidades, propias o del grupo. El desaliento engendra miedos: al fracaso, al ridículo, al cuestionamiento. Y el miedo desencadena los mecanismos de defensa, que van desde movilizar las influencias para evitar una tarea hasta intentar hacer las cosas a nuestra manera si no podemos evitarlas. Este juego termina desgastándonos y desgastando también al grupo, al equipo, a la Institución. ¿A qué nos invita el Fundador? A no temer ningún desafío, antes bien: enfrentar los desafíos, pero “grada por grada”, con la confianza puesta en sí y en los demás. “Para llevar a cabo grandes empresas, el primer requisito es tener confianza en uno mismo” (Samuel Johnson). Dicho de otro modo, y en expresión propia, San Antonio nos invita a no ser tibios. El tibio es quien evita la exigencia que lleva a un peldaño más en la escalada a la perfección, ya sea por temor, orgullo, envidia o mera comodidad. No sube, pero también intenta evitar que otros suban. Cuando el desaliento nos ha ganado, no nos queda más que la tibieza, es decir, sacar partido de lo bueno que hemos hecho y estabilizarnos en ello. San Antonio exige de nosotros, como profesores, estar siempre en marcha, y esa marcha implica el cambio. Sólo cuando ensayamos nuevas formas de hacer las cosas, con la confianza puesta en las propias fuerzas, pero también en el equipo, estamos en condiciones de discernir y quedarnos con lo mejor. Esto nos lleva al tercer punto: nuestra actitud como agentes de esos cambios que llevan a la perfección.
Perfil del profesor como agente de cambios, la reforma exterior (citas 5, 6, 9 y 10). El cambio real y efectivo es posible cuando nace desde el interior, desde el corazón docente y no desde el escritorio del Rector o de los libros de pedagogía. La literatura actúa -sin duda- como guía y puntos de referencia, reflexión y análisis, pero la actitud de conversión, la bondad o maldad, viene del interior. De nada sirve entonces que haya acuerdos, proyectos, valores, principios y normas si ellos no están escritos en el corazón del profesor, es decir, internalizados e incorporados en su desempeño cotidiano. Cuando ese cambio viene de fuera, invertimos tiempo y energías en cuestionamientos, resistiendo, renegociando o pactando en el marco del mínimo esfuerzo. ¿A qué nos invita San Antonio? A validar y validarnos, a escuchar y escucharnos, a creer en el otro, a renovar la confianza y la lealtad. Entonces eso que está fuera pasa a estar escrito en el interior, y vivimos en la ley de libertad. Sin embargo, no es tan simple interiorizar. San Antonio parece advertirnos una condición pedagógica y espiritual fina junto a una actitud férrea.
La condición fina es lo que llama “recta intención”, es decir, evitar motivaciones torcidas. En otras palabras, no perder de vista el horizonte. Muchos accidentes ocurren, sobre todo en el campo de la aviación, cuando se pierde de vista el horizonte. ¿Y cuál es la recta intención en pedagogía? Pues precisamente esto, que por obvio lo olvidamos: la educación. El fin primero y último de toda decisión, cambio y acción debe ser la educación. Cuando no, la intención puede ser incluso loable, humanitaria, de sentido común, pero no será recta. Sólo las decisiones pedagógicas llevan a mejoras pedagógicas. A esta intuición zaccariana se suma la decisión férrea de “hacer crecer lo que empezaste en ti y en los demás”. Y aquí el acento debe estar puesto en la vida, en el sentido de lo que somos y hacemos. Esta parece ser la clave de la santidad.
Respondamos ahora a la pregunta con la que cerraba el primer punto de estos alcances: ¿cómo entender tolerancia ante quien resiste el avance a la perfección? Pues como conexión con el sentido de lo que somos y hacemos. Tal conexión nos da la clave para discernir la acción ante quien resiste el cambio: seguir, esperar, insistir… No hay recetas, pero cuando una opción y su consecuente acción se inscribe en el contexto de la vida, y de la vida pedagógica, entonces es la correcta, obedece a recta intención y a decisión férrea de hacer lo que empezamos en nosotros y en los demás.
CONCLUSION
En modo alguno se ha pretendido agotar la riqueza pedagógica de la espiritualidad zaccariana, sino más bien invitar, a través de esta brevísima reflexión, a seguir descubriendo y profundizando en nuevos alcances. San Antonio escribió a los reformadores de su tiempo, y los profesores, de algún modo, lo somos del nuestro.
